Desde que salió de las cavernas el hombre ha hecho muchas cosas además de erguirse, afeitarse y ponerse algo encima para distinguirse de las otras especies animales. Se ha hablado mucho de los progresos que la condición de humanidad propició desde aquellas épocas de oscurantismo y no viene al caso recordarlo ahora. Pero hay algo que el hombre todavía no ha superado, el tribalismo.
El concepto en sí mismo envuelve distintas connotaciones según el contexto en el cual se aplique, ya que el término "tribal" refiere a primitivo, salvaje, familiar, etc. Nos remite, entonces, a lo antiguo, a lo prehistórico, a nuestra situación original. Sin embargo es necesario aclarar que el hombre, radicalmente tribal, ha preservado instintivamente su condición esencial encerrando las cualidades más temidas del concepto, la rivalidad y el resentimiento.
En los albores de este siglo hemos sido llamados a ser testigos de los peores excesos y relajos, como si los ecos de aquellos anuncios por una humanidad más justa y solidaria se hubieran perdido en un horizonte sin solución hacia el que nos precipitamos fatalmente enfurecidos, salvajes, brutales al fin. El eterno conflicto de Oriente Medio, los atentados a la Embajada de Israel y la sede de la AMIA en Buenos Aires, las Torres Gemelas, las bombas de Atocha, los atentados en Londres, no son más que la prueba sustancial del escaso progreso humanitario que el hombre ha logrado en yuxtaposición a los adelantos científicos y tecnológicos. Esta condición, terrible y única en el ser humano, es gravísima y preocupante por el riesgo que afrontamos ante el futuro de la especie.
Hemos asistido –apenas hace unos días- a la barbarie desenfrenada de grupos de exaltados –organizados o no- que dieron rienda suelta a toda clase de desmanes y atropellos sobre la propiedad privada, en Mar del Plata y en Buenos Aires, manifestando con violencia su oposición al espíritu de la IV Cumbre de las Américas. Hoy, en distintas ciudades de Francia y también en Bélgica, multitudes de jóvenes marginales -indómitos y férvidos- se han lanzado a las calles amenazando con el quiebre del orden institucional en una revuelta sin precedentes en el seno de la comunidad europea. Salvando las diferencias de contexto y el entorno político -más allá de toda comprensión ante las desigualdad y la marginación social que, sí, existen-, son inaceptables semejantes conductas tanto como lo es la inoperancia de quiénes debieran asegurar el orden y restaurar la tranquilidad donde corresponda, sin ampararse en sospechosas campañas de intereses inexcusables.
A este paso, ni el calentamiento global ni el agujero en la capa de ozono serán circunstancias que nos quiten el sueño. La tribalidad, el neoconcepto que dió en abrazarnos a todos se encargará de nuestro propio acto suicida. En todo caso volveremos a la tribu, o a las cavernas, para dormir con un ojo abierto en medio de la oscuridad total.

